dijous, 22 de maig de 2014

LA IMPORTANCIA DE TODO



Todo ocurrió hace algo más de dos años. Era, recuerdo, una noche calurosa de verano. Era ya tarde y mi primera mujer me dio las buenas noches. Nunca más volvería a oír su voz. Cuando desperté a la mañana siguiente, noté un olor muy extraño en mi habitación. Me incorporé en la cama y al ponerme las zapatillas la vi allí, tirada en el suelo, boca arriba. Los médicos hicieron todo lo que estaba en sus manos, pero lamentablemente, no fue suficiente y Eva, que así se llamaba, falleció.
Dejadme que os explique porqué os he contado este terrible suceso.

Al año de la muerte de mi esposa, yo estaba intentando rehacer mi vida con otra mujer. Lola era pálida como la nieve, sus ojos azules como el cielo,  algo delgada y con un cabello largo y negro como el carbón. Siempre vestía con mucho estilo, a la última moda, y caminaba contorneándose como si fuera una auténtica modelo; Estaba constantemente de buen humor y tenía preparada a todo momento una sonrisa en la boca. Todo el que la conocía se paraba a saludarla y a conversar con ella. Nunca conocí a nadie tan simpática como Lola.

Nos fuimos conociendo durante un tiempo más íntimamente y tras una larga espera decidimos casarnos. Ese día fue igual o mejor que mi primera boda con mi primera mujer Eva, que en paz descanse.
Todo iba a pedir de boca, los dos éramos felices y nuestras familias también (especialmente la mía, ya que Lola no era precisamente una chica sin recursos y escasa de dinero). En fin, esto era un cuento de hadas, lo que todas las parejas imaginan románticamente.

Nos fuimos de luna de miel a Grecia. Recuerdo que fue un viaje inolvidable. Nada más llegar al suelo heleno lo primero que nos encontramos fue un paisaje seco y rocoso. 

Atenas estaba llena de tiendecillas de souvenirs y en aquella época de primavera plagada de turistas. Paseábamos las tardes por el barrio de Plaka con la visión de la Acrópolis a lo lejos. Era una estampa que jamás olvidaré. A Lola también le va a costar olvidar este viaje, ya que a ella, no os lo había dicho antes, le chifla la historia.
Pero a la vuelta a casa empezaron a pasar cosas muy extrañas. Ya en el vuelo sucedió que a una de las azafatas perdió el conocimiento, se cayó al suelo del avión inconsciente y empezó a proferir palabras sin sentido en latín.

No le di más importancia, ya que anécdotas como esta pasan frecuentemente en todos sitios. De hecho fue la primera situación complicada que viví con Lola y he de decir que la superé con nota, ya que en aquella situación, digamos embarazosa, nosotros no nos alarmamos, como hicieron histéricamente el resto de pasajeros, sino que seguimos besándonos y nos abrazamos sin prestar demasiada atención a lo que ocurría a nuestro alrededor. Enamorados como estábamos nos habría dado todo igual. Sería una buena forma de morir, pensé incluso.

Cuando aterrizamos, allí estaban nuestras respectivas familias para recogernos y preguntarnos por el viaje. Cuando vieron que una ambulancia se llevaba a una de las azafatas nos preguntaron sobre el suceso. Nosotros se lo explicamos con la mayor naturalidad del mundo y mi madre comentó entonces algo preocupada que curiosamente le había sucedido a ella días atrás algo similar. Todo me recordó entonces a la misteriosa muerte de mi primera mujer.  Aunque soy muy supersticioso, comprendí que se trataba de algo que tenía seguramente alguna explicación o que se debía probablemente a una simple coincidencia y nada más.
A la noche siguiente, a Lola le empezaron a dar unos espasmos que no eran nada normales, así que decidimos ir a urgencias a ver que nos decían los médicos del hospital.

El médico que la atendió le hizo rápidamente una radiografía y un electrocardiograma y todo le salió normal, así que nos dijo que le mandarían una carta con la hora y el día que tenían que volver para realizarle más pruebas.
Lola empezó por aquel entonces a preguntarse si había sido una buena idea casarse conmigo. Asociaba las desgracias pasadas y los extraños sucesos a algún tipo de gafe mío. Yo intenté tranquilizarle, quitarle importancia al asunto, pero reconozco que también me puse algo nervioso y empecé a preguntarme a su vez si tal vez Eva se había casado conmigo por lástima. Y fue así como de divinizada que la tenía en mi visión platónica, con el paso del tiempo, la fui aborreciendo poco a poco. Sus ronquidos nocturnos y sus ventosidades exageradas me sacaban de quicio.  Sudaba y producía un hedor insoportable. Cualquiera diría que estaba  endemoniada.

Se lo comenté entonces algo avergonzado a mi madre; pero para aquel entonces ella ya no podía ayudarme. No supe bien qué ocurrió tras nuestro viaje. La cuestión es que un día apareció tendida en la cocina sin vida. Había abierto el gas y cerrado todas las ventanas para morir asfixiada. Cuando yo abrí la puerta - fueron los vecinos los que me alertaron al no verla durante días-, la visión que encontré fue horrible. Los fantasmas del pasado volvían.

Le di la noticia a mi amada Lola y ella se empezó a preguntar en voz baja (aunque yo le escuché) “¿con qué tipo de persona me he casado?, ¿qué he hecho mal en la vida para hacer estas elecciones tan desastrosas?, ¿en qué estaba pensando cuando dije que sí que me quería casar con este hombre tan insensible?” Imagino que ella atribuía la muerte de mi madre a la depresión que le había causado sentirme tan ausente todo este tiempo. Yo, a su vez, empecé a pensar que el destino me estaba jugando una mala pasada. Pero tal vez la ciencia podía poner remedio, así que le contratar los servicios de un psicólogo, o un experto mediador que solucionara nuestra crisis matrimonial. También le recomendé visitara al endocrino. Ella reaccionó mal. Aún me duele el golpe que me dio con la sartén.  Según ella la estaba llamando indirectamente loca, gorda y asquerosa.



Ya no soportaba más esta situación. Pero como tampoco sabía bien a dónde acudir, - por aquellos días mi amigo más íntimo, Juan, con quien compartía problemas domésticos y laborales, casualmente se había muerto en un accidente de montaña, despeñándose desde lo alto de una roca donde practicaba ráfting- decidí apechugar y darle otra oportunidad a  lo nuestro.
Un buen día, después de desayunar en la terraza, la tomé por el brazo, la senté enfrente de mi hamaca y le dije muy serio: “Lola, siéntate, tenemos que hablar”. Ella me miró con indiferencia, tras lo que añadió un seco: “vale” y un terrible mal olor de su boca llegó a mis narices. Contuve la respiración, y aguantando un vómito, acerté a decirle: 

“Cariño, supongo que sabes porqué no he ido hoy al trabajo, ¿no?.”
-Pues…l a verdad es que no lo sé, contestó.
- Quiero que sepas que he dejado apartado todos los nefastos episodios que nos han ocurrido últimamente y estoy dispuesto a empezar de nuevo.
-  No hay nada que hablar; tú crees que estoy endemoniada o algo semejante y a mí no me gusta que me traten así.
-  Eso es lo que te quiero decir, que quiero hacer borrón y cuenta nueva, y dejar atrás todas las malas experiencias y malos rollos que hemos tenido desde que volvimos de Atenas.
- Ya, ya, no sé si es demasiado tarde... pero parece mentira que en los tiempos en los que estamos haya gente que siga creyendo en cosas como el destino y los espíritus.. porque yo ni estoy enferma ni estoy poseída, ¿sabes?
- Que sí, cari, entonces… ¿todo arreglado?
- Dejémoslo en un sí.

Así acabó mi charla con Lola aquella mañana. Yo regresé al trabajo mientras ella acababa de pasarse la cera. Desde aquel día, milagrosamente, Eva volvió a ser la chica de antes, la simpática, alegre, siempre sonriente que yo había conocido años atrás en el entierro de mi primera mujer. Eso sí, dejando el tema de la edad a parte, ya que se podría decir que le castigó bastante.

Todo transcurría con normalidad. Hasta que un día sucedió algo sorprendente de nuevo.  Al volver de hacer la compra, entré en el salón y vi a Lola sobre la mesa, con los ojos blancos, girando sobre su órbita. Grité y fui a su lado. Estaba helada como el mármol y sacaba espuma por la boca. Fue entonces cuando pronunció aquellas desconcertantes palabras:

“Et uxor tua, quondam velit.”

Efectivamente, era la misma frase que había oído en aquel avión a la vuelta de nuestra fatídica luna de miel en el país heleno.
Yo empecé a temblar. Con el miedo que tenía lo primero que se me pasó por la cabeza fue coger la escopeta de cazar del trastero y pegarle un tiro, así, sin más.
Antes de disparar ella tuvo fuerzas suficientes para arañar sobre la madera de la mesa lo siguiente:

“Αργά η σύζυγός σας θέλει”

No alcancé a leerlo, pues el miedo se apoderó de mí y decidí sin más miramientos apretar el gatillo y acabar de una vez por todas con esta maldición.
Ahora estoy aquí, escribiendo en mi celda antes de cumplir la condena que me puso el juez. El abogado de oficio que me defendió, que por cierto murió a los pocos días del juicio ahogado por la espina de un lenguado en un restaurante, no consiguió que me rebajaran la pena de muerte.
Ahora que he tenido tiempo aquí en la cárcel de investigar un poco más tanto la frase que me dijo Lola como la que después me escribió, y he llegado a la conclusión de lo siguiente:

“Αργά η σύζυγός σας θέλει” y “Et uxor tua, quondam velit” siginifican lo mismo en español, que es :

“TU DIFUNTA ESPOSA TE QUIERE”
Así que se podría decir que si hubiera estudiado las lenguas clásicas y les hubiese dado la importancia que merecían, lo más seguro podría haber salvado algunas vidas, entre ellas, la mía y la de Lola.

El policía ha entrado por la puerta, por lo tanto, es la hora de mi adiós, así que solo tengo que decir una cosa:
-“LAS LENGUAS ANTIGUAS Y LA HISTORIA SON IGUAL DE IMPORTANTES COMO LAS CIENCIAS Y LAS TECNOLOGÍAS”