divendres, 21 de maig de 2010

ANTÍGONA:

Cuando por fin pude volver a Tebas, me esperaba únicamente en palacio mi hermana Antígona. Nuestros hermanos Eteocles y Polinices disputaban la herencia de nuestro padre, ya que ninguno quería ceder la soberanía. Y en medio de las revueltas nadie la escuchaba.

Eteocles y Polinices luchaban en campos contrarios: el primero con el ejército tebano y el segundo con el que atacaba a su patria. Los combates se desarrollaron ante las siete puertas de Tebas. Eteocles y Polinices encontraron la muerte en la misma puerta de entrada, uno a manos del otro.


Entoces Creonte anunció su prohibición de cumplir con el sagrado deber de enterrar a Polinices, el “hermano traidor” y que, en cambio, a Eteocles le rindieran homenaje como defensor de su ciudad. El pueblo de Tebas era consciente de la gravedad de esa ley, porque estaban convencidos de que nadie sacrificaría su propia vida por contravenirla.

Antígona me pidió que le ayudara a enterrarlo. Yo siempre había sido una persona temerosa e indecisa, por lo que cumplí la orden. Por lo contrario, Antígona era decidida y valiente y no le importaba perder su vida, con tal de honrar a su hermano, ya que este se merecía un entierro como cualquier se humano.

Y así fue como desobedeció a nuestro tío y enterró Polinices. Entonces a la estancia de Creonte en el palacio llegó un soldado encargado de vigilar el cadáver de Polinices, que anunció que alguien había infringido la ley y había enterrado al traidor.

Los guardias no tardaron en traer detenida a mi hermana Antígona, como violadora de la ley. Creonte le preguntó si era ella quien había cubierto el cuerpo de Polinices y no dudó. Al contrario, se reafirmó en su actuación. Pero Creonte no la creyó y pensó que yo tenía algo que ver, pues me había visto muy inquieta y mandó traerme ante su presencia. Decididamente cambié de idea, y sin haber participado en los hechos, dije que sí.

Tras mandarnos a ambas a una celda, apareció Hemón, hijo de Creonte prometido de mi hermana Antígona. Creonte no pudo percibir que aquella condena alcanzaría también a Hemón. Pero nada hace cambiar la opinión de nuestro tío que decide dejarme en libertad mientras que a Antígona la iba a dejar abandonada en una cueva, hasta conseguir enterrarla en vida.

Cuando me disponía a visitar a mi hermana con mi tío Creonte, para ver como estaba, para mi sorpresa me encontré a ésta ahorcada y como agarrado a su cintura a su prometido Hemón, cargando su espada contra él, clavada en el pecho. Volviendo al palacio con este en brazos, encontré a mí tía, Eurídice, muerta, ya que ésta no soportó la muerte de su hijo y se ahorcó al poco.

Creonte no se dio cuenta hasta que vio morir a muchas personas queridas al final y sin remedio alguno, de que cometió un gran error, de que una persona, por mucho poder político que tenga, siempre está por debajo de los dioses y de las leyes no “escritas” por ellos.

1 comentari:

santi ha dit...

Ben fet, al final ha cobrat cert dramatisme la historia!