dimarts, 28 de gener de 2014

Diario de aventuras.

Día 1.
Querida Penélope, soy Odiseo. Todos estos días lejos de ti son insoportables, no paro de pensar en si volveré a verte a ti y a nuestro hijo… necesito estar a vuestro lado. Hoy hemos conseguido vencer a los troyanos para poder recuperar a Helena, sí la del pelo ondulante. He iniciado junto con mi tripulación, el improbo viaje de regreso a Ítaca. Desde la costa troyana el viento nos ha llevado hasta Ismaro, la patria de los cícones. Tras una feroz batalla, hemos podido escapar con un copioso botín, habiendo matado a muchos de estos varones aunque hemos sufrido también nosotros seis bajas por nave y guerreros queridos de esplendidas grebas. Pero los dioses ya pretendían nuestro mal. 
 

Día 2.
Hoy, segundo día de aventuras, Zeus nos ha enviado una terrible borrasca que nos ha hecho padecer durante varios días navegando sin rumbo por la salada llanura de las aguas sin fin, pero tranquila, ya estoy bien. Espero volver pronto, necesito verte.


Día 10.
Lo siento, estos últimos ocho días no he podido escribirte, espero que no estés enfadada. Hoy, el décimo día hemos avistado la tierra de los hombres lotófagos, que solo se nutren del loto, cuyas flores hacen olvidar el país natal. Muchos han probado este peligroso manjar y por eso, los he arrastrado por fuerza hasta los barcos y embarcaron con rapidez en las naves. Pronto llegaré a Ítaca, o eso 
espero. 
 

Día 11.
Otro día más lejos de ti, esto es insoportable. Esta es la tercera tierra a la que hemos llegado, la de la patria de los fieros cíclopes, los hijos de Poseidón. Uno de ellos, el cruel Polifemo, a punto estuvo de acabar con todos nosotros. Algunos de mis amigos por desgracia, murieron devorados por el insaciable monstruo. Pergeñe un ardid con el que he podido embriagarlo con vino que habíamos obtenido de los cícones y, mientras dormía la borrachera, entre todos le clavamos una gran estaca en el único ojo, cegándolo para siempre. Sin embargo, lleno de ira ha exhortado a su padre Poseidón para que no cejara hasta vengar tamaña desgracia. 
 

Día 15
¿Te acuerdas lo que te conté el otro día de Poseidón? Pues tenía razón, desde ese día, el dios de los cabellos azules no cesó hasta cumplir su venganza. Hoy hemos llegado a la isla de Eolia, sede del dios Eolo, el guardián de los vientos. Quiso ayudarme y apresó en un odre de piel vientos para ponerlos al servicio de mi vuelta a casa. Pero mis hombres, creyendo que eran tesoros, desataron el cordel y los vientos escaparon con furia desmedida, arrastrando nuestros combos bajeles por el mar embravecido. 
 

Día 20.
Tras varios días de viaje, topamos con la tierra de los lestrigones, de talla gigante, mayor que la humana, que mataros a muchos de los nuestros y destrozaron todas nuestras naves, monos una. Nuestro siguiente destino fue Eea, la isla habitada por Circe, la de hermosos cabellos, potente deidad de habla humana. La perversa hechicera convirtió en cerdos, con un rico licor, a varios de mis hombres, entre ellos Polites, mi buen capitán. Pero Euríoloco, que había sospechado algún engaño, no entró en el palacio de la diosa, y pudo correr a la playa para contarme tan funesto incidente. Gracias a la ayuda del dios Hermes, el de vara de oro, que me dio una triaca para vencer el poder del sabroso licor, pude evitar sus efectos y obligar a Cire a devolver el aspecto humano a mis compañeros.


Día 21.
Tras una larga noche, Cire, decidida a ayudarme, me aseguró que debería ir al palacio de Hades y la horrenda Perféfone para pedir consejo al alma del ciego adivino Tiresias, a fin de poner el definitivo rumbo a Ítaca, ya falta poco para verte, te echo tanto de menos, a nuestro hijo también, esto es muy duro.

Día 22.
En el Hades todo es tenebroso y espeluznante. He visto muchas almas de hombres y mujeres ilustres, que acudían con aterradora lentitud a nuestro encuentro. Hemos conseguido, a cambio de ofrecerle negra sangre de reses recién sacrificadas, que la sombra del ciego Tiresias me aventurara lo siguiente: “Librado del mar, llegará a ti la muerte, pero blanda y suave, acabada tu vida en la calma de la lozana vejez; entretanto tus gentes en torno venturosas serán. Éstas son las verdades que anuncio”

Día 23.
Al regresas a Eea, Circe nos avisó de nuevos peligros que nos acosarían en nuestro viaje. Gracias a sus sugerencias pude oír los seductores cantos de las sirenas sin caer en desgracia. Hoy hemos atravesado trabajosamente el peligroso paso entre Escila y Caribdis, los repugnantes monstruos femeninos, con menos bajas de las que suelen tener los barcos que por allí navegan sin ser prevenidos.


Día 24.
Llegamos hoy, día 24 de este incansable viaje, a la hermosísima isla del dios Sol, Trinacia, plena de vacas y ovejas. Circe y el alma de Tiresias nos alertaron de que no comiéramos de aquel ganado. Pero el hambre pudo más que mis hombres, y, entretanto que yo sucumbía al poder del sueño, 
mataron y devoraron a varias de aquellas reses.


Día 25.
El dios Sol pidió venganza a Zeus quien, una vez que nos volvimos a echar al mar, arremetió con su fúlgido rayo contra nuestra cóncava nave. Todos murieron ahogados en las oscuras profundidades marinas. Solo yo, asido al mástil, sobreviví y recalé en Ogigia, la isla en que vive la ninfa crinada Calipso. Ella me recibió y me pidó que me quedara a su lado. Me prometió que gozaría de la inmortalidad y de una eterna juventud. Pero yo lo único que deseaba era huir para estar a tu lado.

Día 28.
Me paso los días abatido en la costa, con la mira perdida en el horizonte y el corazón nostálgico. Prefería mi condición de mortal y que con el tiempo mi cuerpo envejeciera sin remedio, a tu lado y al de nuestro hijo Telémaco. Por fin, Atenea rogó a Zeus que intercediera por mí. El dios supremo mandó a Hermes para exigir a Calipso que me dejara zarpar. Con su ayuda me hice de nuevo al mar, en una balsa que construí con veinte troncos de árbol entrelazados.

Día 29.
Esto cada día se hace más difícil, hoy Poseidón ha arremetido contra mi débil embarcación, cumpliendo su venganza por haber cegado yo a su hijo Polifemo, el cíclope devorador de hombres. La nereida Leucótea, convertida en gaviota, me ha ofrecido un velo blanco que, atado a mi cintura, me salvará.


Día 30.
Entonces me he rebelado, he insultado gravemente a los dioses y reclamé el poder del Destino, superior a todos ellos. A horcajadas sobre un tronco, con agua abundante anegando mis pulmones, no obstante pude reunir fuerzas para gritar con vigor estas aladas palabras: “Dioses crueles y poderosos, no sé por qué pretendéis mi ruina y que no retorne en buena hora a mi reino. Sabed que el adivino Tiresias ha vaticinado que volveré algún día a mi patria y que moriré feliz, ya anciano, junto a mi discreta esposa. Y no hay poder de ningún dios que pueda impedir lo que traman las moiras, antes quienes incluso vosotros os tenéis que rendir, pues el Destino es implacable e inmutable, tanto para hombres como para dioses” Estas palabras, proferidas por la desesperación de un hombre perseguido por fuerzas superiores y crueles, causaron una gran revuelo en el Olimpo.

Día 31.
Querida, ya llevo más de un mes lejos de ti y parece que cada día que pasa estoy más cerca de ti, pero a la vez estoy tan lejos.. Hoy Poseidón convocó con urgencia, en solemne Consejo, a todas las divinidades. La nereida Leucótea, convertida ahora en una agresiva águila, intentó arrebatarme el velo blanco con sus afiladas garras, pero no lo consiguió. Y Zeus estalló en cólera. Dispuso unir el poder de todos los dioses como si sólo fuera uno, mayor de lo que nadie hubiera imaginado. Me sumergí una y otra vez en el mar rizado. Olas enormes crecían por los vientos huracanados que aullaban como lobos heridos, junto al estallido de truenos y el resplandor de rayos. En medio de tantas calamidades, pude oír las amenazadoras palabras de Zeus, el de largo mirar: 2 Veremos si el Destino es tan poderoso que pueda imponerse a la fuerza de todos los dioses existentes. Nos has retado, miserable mortal. Te llevaremos a un lugar y aun tiempo del que nunca podrás escapar”.

Día 37.
Siento no haber podido escribirte, pero el otro día amanecí malherido en una playa un tanto extraña, un buen hombre encontró, apenas recobré el sentido, pude percatarme de que era introducido en el vientre de un extraño carro que se vuelve sin caballos, con luces y ruidosos insólitos. Después, permanecí varios días y noches en un silencioso templo planco, de olor dulzón, repleto de objetos inverosímiles, donde unos hombres de ropas y lenguas desconocidas me atendieron y me curaron. Pero, decido a marchar, intenté comunicarme con ellos. Nadie me entendía. Creía que ese buen hombre me ayudaría, pero no supe más de él. Por eso me desesperé y quise escapar en un descuido de mis guardianes, y destrocé, en vertiginosa huida, todo cuanto aparecía frente a mí. No pude conseguir mi propósito.


Día 38.
Me retuvieron y me encerraron en otro templo colosal, donde hay gentes de mirada perdida y gestos estúpidos. Hoy ha venido a visitarme a lo que le llaman “manicomio” el buen hombre que me encontró y otro señor más. Necesito que me ayuden, debo llegar a mi patria. Te echo tanto de menos Penélope...


Día 39.
El psiquiatra, así llaman al hombre que me cuidaba en aquel templo blanco, no me creía, y entonces, les di la prueba palpable: la herida que me abrió el jabalí con sus blancos colmillos al tiempo que subí con los hijos de Autólico al monte Parnaso. Gracias a que el buen hombre que me encontró en la playa, y el otro señor que lleva consigo la Odisea, él psiquiátrica quedo convencido, aunque luego volvió a cambiar de idea, entonces Fernando, el buen hombre que me encontró en la orilla de la playa me ha dicho que si cambiaba mi actitud agresiva podría ser libre. Pronto, estaré de vuelta te lo prometo. Te quiero Penélope.

Día 42.
Así fue, hoy me han permitido abandonar el manicomio. Me voy instalar en casa de Fernando hasta el día en que me vaya. Cada día que pasa, noto que estoy más cerca de ti. Nos vemos pronto Penélope.

Día 45.
Hoy me he marchado, y todos han sentido mi partida, hasta hoy, Serafín me ha invitado varias veces a ir a la universidad y Fernando nos acompañaba. Con mi ayuda Serafín puedo hacer avances en la interpretación del Lineal A, el idioma minoico que aun no ha podido ser descifrado. Les he asegurado que la mítica Atlántida, que Platón cita en el Critias y en Timeo, había existido realmente y que fueron sus habitantes los que construyeron las grandes pirámides del Egipto de los faraones. Serafín me he hecho escuchar la Odisea, que estaba grabada en la lengua original. Yo le he hecho algunas correcciones fonéticas. Les he explicado que el Destino tenía que cumplirse, que los dioses tan sólo habían sido capaces de retrasarlo, y que incluso mi fin estaba allí escrito y que yo, debería hacerlo realidad. Y es que, en vez de arribar a la tierra de Alcínoo y ser descubierto por su hija Nausícaa, me he presentado aquí, en Santa Pola, tres mil doscientos años después, descubierto por un viejo profesor de universidad retirado. Y en lugar de relatar mis andanzas en la corte del rey Alcínoo, lo reseñé en la habitación de un manicomio de Alicante a dos profesores universitarios atónitos y un psiquiatra escéptico escondido en el baño. Todo parece tener sentido, dentro del sinsentido. Pero así en la vida: todo encaja dentro de lo imposible.

Día 46.
Esta mañana he robado un velero del puerto de Santa Pola. Hoy parto hacia Ítaca, por fin podré reunirme contigo y nuestro hijo, no sabes cuánto tiempo he estado soñando con esto. Nos vemos en breves. Te quiere, Odiseo.